martes, 1 de diciembre de 2015

Rosa Parks: ella dijo no.



 Era mujer, negra y trabajadora. Había nacido en 1913. Tenía 42 años cuando protagonizó un incidente que iba a dar el golpe definitivo a la segregación racial en Estados Unidos. 
 Corría 1955 y en aquellos años se hallaban vigentes las leyes Jim Crow, herederas directas de la esclavitud del siglo XIX, dictadas para que los afroamericanos tomaran conciencia de su presunta inferioridad y se mantuvieran en situación de marginación social. De acuerdo con ellas, los negros no podían compartir con los blancos los espacios públicos. 
 La segregación sumía a la población negra en una constante humillación. Restaurantes, escuelas, cines e incluso lavabos, lucían carteles de ‘negros no’ o imponían la separación entre ambas razas. El pueblo negro sufría en silencio.
 Todo empezó a cambiar la histórica tarde del 1 de diciembre de ese año: Rosa Parks, regresaba a su casa tras salir de su trabajo como costurera en un establecimiento de su ciudad natal, Montgomery (Alabama). Siguiendo su rutina diaria tomó el autobús. Como todo el transporte público, el vehículo estaba señalizado con una línea claramente marcada: blancos delante, negros detrás. 

 

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